Ancho mar de los Sargazos by JEAN RHYS

Ancho mar de los Sargazos by JEAN RHYS

Author:JEAN RHYS
Language: es
Format: mobi
Published: 2009-12-22T00:00:00+00:00


Doblé cuidadosamente la carta y la guardé en el bolsillo. No me había sorprendido. Incluso la había esperado. Estuve un rato, corto o largo, lo ignoro, escuchando el sonido del río. Por fin, me levanté, ahora el sol era ardiente. Pasé junto a la orquídea con largas ramas de flores pardo-doradas. Con la mejilla rocé una de ellas, y recordé que un día cogí unas cuantas para ofrecérselas a Antoinette. Le dije: «Son como tú». Ahora, arranco una rama y la pisoteo en el barro. Esto me devolvió la serenidad. Me apoyé en un árbol, temblando, sudoroso, y en voz alta dije: «Hace mucho calor, hoy. Mucho calor». Cuando divisé la casa guardé silencio y seguí adelante. No había nadie. La puerta de la cocina estaba cerrada, y el lugar parecía desierto. Subí los peldaños, recorrí la terraza, y, cuando oí voces, me detuve tras la puerta del dormitorio de Antoinette. Vi la escena reflejada en el espejo. Antoinette estaba en cama, y Amélie barría. Antoinette dijo:

—Date prisa, y dile a Christophine que quiero verla.

Amélie dejó de barrer y se apoyó en la escoba:

—Christophine se va.

Antoinette repitió:

—¿Se va?

—Sí, se va. A Christophine no le gusta esta dulce casa de luna de miel.

Al darse la vuelta y verme, Amélie se echó a reír.

—Su marido está en la puerta —dijo—, y parece que haya visto a un zombi. Seguramente también está cansado de la dulce luna de miel.

Antoinette saltó de la cama y abofeteó a Amélie, quien dijo:

—Te voy a contestar los golpes, cucaracha blanca, te los voy a contestar.

Y lo hizo.

Antoinette la cogió por el cabello. Amélie, quien mostraba los dientes, parecía querer morderla. Desde la puerta, dije:

—Antoinette, por el amor de Dios.

Muy pálida la cara, Antoinette dio media vuelta. Amélie se oculto el rostro con las manos, y fingió sollozar, aunque advertí que me observaba por entre los dedos.

—Vete, criatura —le ordené.

—Es más vieja que el mismísimo diablo —dijo Antoinette—, y el diablo no es más cruel que ella.

—Dile a Christophine que suba —le pedí a Amélie.

Baja la vista, con humilde acento, Amélie dijo:

—Sí, mi amo, sí, mi amo.

Pero, tan pronto hubo salido, comenzó a cantar:



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